• Argentina Tango / España - Osvaldo Miranda recordando a Discepolín

    Ese gran actor que fue Osvaldo Miranda, de Villa Crespo,  inicialmente  cantor, y que luego poblara las escenas del cine, del teatro y de la televisión, con formidables actuaciones, había recibido con toda justicia el título de Ciudadano Ilustre de Buenos Aires. Estaba emocionadamente agradecido por la repercusión que el hecho había tomado.

    “Discépolo: El Arte con la arcilla de la amargura”
    `Ya nadie comprende / si hay que ir al colegio / o habrá que cerrarlos / para mejorar (Enrique Santos Discépolo)
    Por
    Tino Díez

    Lo habían requerido de todos los medios de la capital, como también de otros lugares del país, como Mar del Plata, donde tantas veces actuara en las temporadas estivales. Pero rescataba el cariño en el saludo de la gente a su paso por las calles porteñas. Y en la felicitación, le preguntaban cuándo volverían a verlo actuando.

    Don Osvaldo, expresaba que hacía tiempo se había retirado. “¿Cómo se las rebusca?”, insistían. Y con esa humildad que lo caracteriza respondía que su abuelo poseía, desde hace mucho tiempo, un molino de yerba en Apóstoles, provincia de Misiones, Argentina,  que siguió su padre y luego él y que mientras la gente tomara mate, podía seguir tirando.

    Miranda se entristecía cuando recuerdoba a Discepolín. Lo hacía con mucho cariño, ya que “…fueron tan injustos con el pobre Enrique. Yo fui el galán de muchas obras de teatro, entre ellas ´Blum¨ y puedo dar testimonio de lo ingrato que fue darle la espalda”

    “Me consta que fue un hombre generoso. Terminada la función de ´Blum´ no eran pocos los que lo esperaban y él para todos tenía algo. Y no me refiero a palabras de consuelo. No. Sacaba del bolsillo lo que les daba y no de la boca. Y eran gente del ambiente que por razones que no vienen al caso estaban sin trabajo. Y algunos eran importantes y nuca comentaron de esas ayudas”.

    “Una de esas noches, vino a ver el espectáculo un sobrino de Enrique, un chico de seis años. Los Discépolo eran cuatro, Armando, el mayor creo, el papá de este chico, Otilia y Enrique. Cuando terminó la función esperó que todos terminaran de saludar y cuando al fin sucedió, se acercó y muy efusivamente lo saludó abrazándolo diciendo que había estado muy bien y que quería hacerle un regalo. Sacó entonces de su bolsillo unas monedas y le explicó que era lo único que tenía. Eran treinta y cinco centavos que puso en las manos de Enrique. Confundido y emocionado éste se las aceptó y durante mucho tiempo la conservó recordando el episodio a menudo diciendo que era uno de los mejores regalos que había recibido en su vida”.

    Explica que estando trabajando a sala llena, Apold (que era más temible que López Rega, porque fue más peligroso, por tener mayor inteligencia al servicio de sus manejos), le dice que debe cubrir el espacio de las 20.25 hs. en Radio del Estado, con libretos de Julio Porter y Abel de Santa Cruz, que ya habían ocupado otros notables como Tita Merello y Lola Membrives.

    Así nació `Mordisquito´, que tanta mala fama le aportó a Discépolo. Y junto a ello, la gente dejó de ir al teatro. De 400 personas de promedio en las presentaciones anteriores, solo llegaba a junto 40 ó 50 y sobrevino la crisis económica, que le hizo bajar las obras de los escenarios. Agobiado por el desprecio y las deudas, Discépolo tuvo que aceptar dirigir a Fanny Navarro en “La Fierecilla domada” por pedido expreso de la Señora María Eva Duarte de Perón.

    Con el tiempo Evita lo mandó llamar para agradecer la dirección de esa obra. Discépolo llegó tarde a la cita. Cuando llegó el momento de las explicaciones, Enrique expresó que el motivo de su llegada tarde había sido la rotura de su coche. Evita le preguntó que coche tenía, Discépolo, balbuceó: “Un Studebaker”. Días después recibió de la Presidencia de la Nación la orden para poder comprarse un “Pontiac”, que le saldría 27.000 pesos, casi la mitad de precio, de no mediar esa orden presidencial.

    Osvaldo Miranda, actor u cantor argentino“Con Discépolo – cuenta Osvaldo Miranda - solíamos ir al cine. Tania y Amelia (mi mujer) iban a su vez por su lado a otro cine porque los gustos no eran iguales y arreglábamos para que, a la salida, nos encontráramos los cuatro en el restaurante “La fusta” que estaba en Federico Lacroze y Libertador. Enrique tenía la costumbre de hacer ataditos de dinero que él daba de propina a los mozos en el momento de retirarnos. Todos lo conocían y se acercaban a estrecharle la mano y era el momento que aprovechaba para, en el apretón, pasarle el atadito de billetes y de ese modo pasaba desapercibido para los que los rodeaban”.

    “Pero una noche pasó que a la salida se habían juntado los mozos de otro restaurante que estaba pegado a “La fusta” y se acercaron a darle la mano. Enrique no se había dado cuenta que venían del otro local y dale sacar paquetitos del bolsillo que pasaba en cada apretón de manos, hasta que yo por lo bajo le avisé… ´Pará, le estás dando propina a los mozos de al lado´, ´Con razón – me comentó también por lo bajo –me estaba diciendo como había progresado esta gente para poner tantos mozos…´”

    “Yo estaba en Punta del Este, esto fue en 1949, me corrí hasta una boite que tenía Enrique y se llamaba ´Wunder-Bar´. Cuando llegué el local estaba de lo más concurrido. Me acerqué a la barra donde estaba conversando con otra gente. Cuando me vio me llamó desde lejos. Ya a su lado me empezó a contarme cosas y por cierto cualquier cosa contada por él tenía un encanto muy particular, entonces le ponía yo la máxima atención. Pero pasaba que atrás mío estaba un señor con un pito que hacía sonar en forma estridente y me resultaba difícil oír bien, a pesar que Enrique prácticamente me gritaba al oído. Sin embargo me perdía lo que me estaba contando por que el tipo con el pito...¡piii, piii, piiii!!, Hasta que no pude más y me di vuelta para decirle algo y Enrique, adivinando mi intención, me paró diciéndome. ´Dejalo… dejalo… el señor se acaba de enterar que esta tarde se recibió de pelotudo y lo está festejando…!´”

    “Una noche – cuenta don Osvaldo - me llama Tania a casa para invitarnos a cenar a su casa, porque había una sorpresa para Enrique. Casi nunca le aceptaba a Enrique y a Tania, invitaciones a comer. Tenían un suntuoso comedor, iluminado por costosas y deslumbrantes arañas, con cubiertos de plata y enorme vajilla de porcelana fina, pero la comida era escasa e inhallable…Yo siempre fui una persona de buen diente y allí me quedaba con hambre…” - subraya Miranda-  “pero Enrique era tan buena persona. No sabía decir que no. Pero claro, se trataba de una sorpresa y había que ir, y fuimos. Llegamos y ya estaban el gordo Troilo y Zita, su mujer. Al rato cae Homero Manzi, y empezamos a comer. A la hora del whisky el gordo pregunta: ´¿Empiezo?`. Manzi le dice que sí, y Troilo con la boca hace una especie de introducción musical y Homero empieza a decir ´Sobre el mármol helado, migas de medialunas y una mujer absurda que come en un rincón...`. La sorpresa era esa: recitarle a Enrique el poema que Homero había escrito para él. Enrique se emocionó hasta las lágrimas. Además lo adoraba a Manzi, y Manzi sentía lo mismo por Discepolo."

    Osvaldo Miranda sufría, por ese tiempo, una importante disminución de su vista. Veía muy poco y tenía una remota posibilidad de recuperación parcial, si lograba viajar a operarse en Cuba. Escapaba totalmente a sus posibilidades económicas. Por eso, como para reforzar la realidad del relato, concluyó: “Si algo de lo que conté, se aparta de la verdad, que me quede sin esa ínfima proporción de mi vista…”

    Tino Díez edita Tangomías
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