• Sara Garfinkel en Argentina Tango - Conventillos de Mar del Plata

    Contactámos con Sara Garfinkel en Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina, escritora, profesora de inglés y disertante. Desarrolló durante veinticinco años una intensiva tarea educativa en el BUREAU de INGLES. Es escritora y disertante. Estos son sus libros: Garfinkeleando por Mar del Plata en colaboración con el Prof. Edgardo Samuel Berg: Del Pasaje Vaira a la Cortada del Tango y La Temporada (2003); La Señorita Edith: Historia de una Maestra (2004); Batones y Bigudíes Marplatenses (2007); Anécdotas de una calle corta de Mar del Plata (2009); Yo Soy Leonor de Aquitania – Autobiografía no Autorizada de una Reina Medieval (2012); Amores Diabólicos – El Diablo es el Embaucador del Hombre y de la Mujer (2014) y Historias de Conventillo de 2010 del que publicamos esta selección de textos
     


    Historias de Conventillo en Mar del Plata (Argentina) Prólogo - Sara Garfinkel

    Libro Historias de Conventillo de Sara Garfinkel, Mar del Plata, Argentina, 2010Gracias a escritores como Alberto Vaccarezza, Manuel Gálvez y otros, siempre se asocia la palabra conventillo con la ciudad de Buenos Aires. Los que hemos nacido tan distante  de barrios porteños como San Telmo, Villa Crespo o La Boca, entre otros, y tan lejos en el tiempo del apogeo de esas viviendas colectivas, podemos contar ahora, ya en la primera década del siglo XXI, ciertas historias calientes del caldero marplatense que tuvieron epicentro en una de esas casas de vecindad conocida como “conventillo”. Según la definición de “conventillo” que da el joven Diccionario del habla de los Argentinos, editado por Espasa-Planeta, (año 2004 – p. 251) Conventillo es “Casa antigua en general con varios patios o con un gran patio interior, cuyas habitaciones se alquilaban a numerosas familias que compartían normalmente el baño y la cocina”.

    En el ideario popular  desde el punto de vista  edilicio el conventillo da la idea de  un tipo de vivienda colectiva para personas de escasos recursos. El amontonamiento sin orden de grupos étnicos, que habían perdido los vínculos afectivos o culturales con su país y  familias,  con personas nativas del terruño dio origen a una colectividad muy “sui-generis” aunque  ejemplar en muchos sentidos. Especialmente en el sentido comunitario y solidario, porque en  esa confusión de razas, credos, idiomas y costumbres sin orden ni método nadie estaba completamente solo. Enfermos, ancianos, huérfanos, todos por igual eran cuidados y protegidos. La solidaridad estaba en ver que a nadie le faltara de comer o el remedio necesario o la palabra de aliento. Además todos tenían, hacia esa casona vieja en donde se compartía el baño, la cocina y el patio, un sentido de ser parte de una familia numerosa viviendo en un hogar común. Aunque en esa colmena heterogénea no faltaban las noticias verdaderas o falsas ni los comentarios malintencionados que terminaban, muchas veces, indisponiendo a unos contra otros. De ahí el nacimiento de la palabra “conventillear”, que expresa la idea de chismorrear.

    Sara Garfinkel "Mitre y Belgrano"

    La escritora de Mar del Plata, Argentina, Sara Garfinkel, disertando sobre sus libros en la Feria del Libro marplatenseEn Mar del Plata hubo muchos conventillos. Largo sería narrar las situaciones acaecidas en cada uno de ellos. Además no es idea cansar al lector con narraciones de situaciones que realmente serían repetitivas como repetitivas son las acciones y reacciones del ser humano. Por eso, está la decisión de narrar el conjunto de factores o circunstancias que afectaron a un grupo de personas en un determinado momento en un determinado sitio. Este sitio era una vivienda colectiva marplatense  que se levantaba en lo que hoy es pleno centro de la ciudad. Sus frentes daban por dos calles, las que recuerdan el nombre de dos patriotas argentinos, no contemporáneos pero trascendentales en la historia de nuestro país: Belgrano y Mitre.

     

    No era necesario ni el número de la puerta de entrada a la casa ni el nombre de las calles para identificar la locación del conventillo, morada de los personajes, verídicos tanto y cuanto a sus existencias, como a los  sucesos prósperos y adversos que enfrentaron en sus vidas. Era fácil ubicarlo con sólo nombrarlo como el conventillo del “Bar de Constante”. Este bar, del que hablaremos renglones abajo,  era un referente famoso por los parroquianos que a él concurrían.

    Estructura del conbentillo en Mitre y Belgrano, Mar del Plata    

    El conventillo, luego llamado casa de inquilinato en las grandes ciudades de Argentina, como Buenos Aires, Rosario, Mar del PlataLa entrada a la casona colectiva  se abría sobre la calle Mitre en un portón doble, a guisa de puerta cancel, que daba acceso a un patio enorme. A la derecha, a algunos metros del portón, se levantaba una higuera gigante que apoyaba su rugoso tronco contra la pared mientras que sus ramas cruzaban el grueso muro que daba hacia la calle,  para regocijo de los pibes quienes devoraban las blandas y dulzonas brevas que colgaban de ellas. A metros de la entrada, en medio del patio - que como ya dijimos era de grandes proporciones - estaban los baños y las duchas. La batería de duchas era a la derecha para las mujeres y a la izquierda para los hombres; los baños seguían esa misma distribución. Por supuesto que toda el agua que corría por las cañerías era fría. ¡Se tirita sólo al pensar lo que habrá sido transitar por allí para ir al baño en las noches de invierno, tan severas en Mar del Plata! 

    A un costado, en el medio de la galería, estaban los tres piletones donde las familias lavaban  la ropa. La suya y la de afuera, en muchos casos. Estaba prohibido colgar la ropa recién lavada en el patio de abajo. Ese menester se llevaba a cabo en los pasillos de la planta baja y en la pasarela del primer piso; a tal efecto, delante de la puerta de cada habitación, entre las columnas de material que sostenían la pasarela superior y los soportes que aguantaban el tinglado que servía de techo a la galería, se habían fijado unos alambres que servían para tender las húmedas prendas correspondientes a quienes ocupaban dichas piezas.

    Los pajaritos de Don Iñaqui, el Bar de Constante...

    El tango argentino ha sabido reflejar la vida del conventillo en sus grandes ciudades, como Buenos Aires, Rosario o Mar del Plata, de la que nos da información la escritora Sara GarfinkelLa edificación era de dos plantas. En la planta baja había más habitaciones que en la superior. Todas las habitaciones estaban unas al lado de las otras, las de abajo cada una con su puerta hacia la galería, las de arriba con sus aberturas hacia la pasarela de madera,  que servía de techo a la  galería. A estas habitaciones se accedía por una escalera también de madera. Los techos de las habitaciones del primer piso eran de chapa y madera. Ninguna de ellas tenía ventanas a la calle. Estas salas, así podríamos llamarlas por sus generosas dimensiones, circundaban al patio en tres de sus lados. Al final de una de las galerías una de las habitaciones servía de cocina común para todos los habitantes de la vecindad. La nota de color la daban los pajaritos propiedad de don Iñaki, uno de los residentes más antiguos de la casona, quien los cuidaba con amor de padre y mimo de abuelo. Para ellos  había comprado un jaulón  que colocó en un lugar estratégico del gran patio. Era lógico su esmero hacia su alada prole de canto grato y melodioso, porque a don Iñaki, que siempre vivió solo, no se le conocía familia alguna.
     
    En chaflán, a modo de esquina  de esa casa de inquilinato, se abrían las puertas del “Bar de Constante”, mezcla de comedero, despacho de bebidas y almacén de alimentos muy elementales  como azúcar, yerba, algún que otro fiambre, café y, si había, algo de harina y fariña.     El boliche estaba integrado a la edificación de esa casona que, con toda seguridad, había visto tiempos mejores. No todos los que frecuentaban el mostrador de Constante vivían en el conventillo, pero todos los habitantes de esa casa colectiva  siempre, por algún que otro motivo, daban vueltas por el comercio dedicado al despacho y consumo de bebidas y comestibles. Por ello, esa taberna   era de tremenda importancia en el entrecruce de ideas, sentimientos, opiniones, religiones, idiomas y costumbres que a diario sucedían entre sus visitantes.  El dueño del lugar, Constante, reinaba en el sitio desde su trono, especie de mesa cerrada de madera pintada en su alzada y recubierta de estaño en la superficie superior, donde el  tabernario soberano, en su calidad de autoridad suprema e independiente,  atendía y despachaba los pedidos de sus clientes. En ese lugar la convivencia sin discriminación se ejercitaba con toda naturalidad. Si bien no había notables diferencias en las escalas sociales de las personas, éstas convivían sin supeditar sus valores morales ni sus identidades. Todos conocían horarios y costumbres de cada uno. Todos estaban involucrados en la causa común y hablaban de su domicilio con un sentido de pertenencia, de hogar comunitario y de ser miembro de una familia grande.

    La vida en los conventillos

    Evocaremos en estas páginas, no sin cierta tristeza melancólica, el recuerdo de la vida simple, dura, eso sí, pero dichosa de esas personas que tuvieron tantos aspectos positivos que dieron sentido a sus vidas  Ellos llegaron, a su modo, a saber el por qué y el para qué de sus existencias, de su  vivir cotidiano. Sin saberlo fueron felices porque, a pesar de los más y los menos que todos los seres humanos tenemos en nuestros destinos, ellos conocieron el sentido de sus vidas. Desde los nacimientos,  pasando por los bautizos, cumpleaños, casamientos, todo se celebraba en el patio del conventillo. ¡Ni hablar del 25 de mayo o el 9 de julio o de las fiestas de Navidad y Año Nuevo! Además se celebraban todos los años nuevos de todos los que profesaban otra fe que no la católica. Todas eran lo que llamaríamos fiestas de la vecindad antes que de la familia.

    Sara Garfinkel, Mar del Plata - Argentina


     

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    Lista de comentarios

    Sara Garfinkel08/11/2016 14:50:06

    La vida tiene sorpresas que son regalos para mi alma! El haberme encontrado cibernéticamente con Eduardo Aldiser en la esquina de Argentinatango.es, ha sido uno de los mejores regalos que he recibido. Hija de un inmigrante acriollado que bailaba el tango como se debe bailar, sin hacer acrobacias con la compañera; esposa de un argentino más porteño que el "Garufa" que se desayunaba con un "café con leche y una ensaimada"; madre de un hijo que heredó de su abuelo y de su padre el amor por el tango... gracias por publicar en tu página mis Historias de Conventillo! Saludos desde Mar del Plata, la Perla del Atlántico!

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