• Roque Vega, argentino, teclea a Buenos Aires y el tango

    Lo tenemos a Roque Vega contándonos su historia  en este mismo multiportal. Le pedimos que nos seleccionara, desde Buenos Aires, Argentina, en el barrio de San Nicolás donde se encuentra,  un cuento pensando en nuestro gran deporte de emigrantes, la nostalgia, la añoranza… morriña dicen los gallegos, saudades los portugueses. Y aquí lo tenemos…

    “Y despues, el arrabal”
    Inspirado en el tema de Angie Monasterio y Romina González, “Si se cae este avión”


    Monótona y persistentemente, llovió durante todo el día. Varias veces, espió la calle a través de la ventana.  Entre mate y Tango se  aquietó la tarde en su propio silencio, que lentamente se balanceaba de un a otro  recuerdo. De tanto en tanto aparecía la luna, entre ese montón de nubes que corrían   hacia otro destino.  Las calles se reflejaban, aquí y allá, pequeños trozos de espejos  abandonados por la lluvia. Sobre las veredas, zigzagueaba,  el especial ritmo de  sábado a la noche. Reflejos y sonidos.

    Necesitó salir, caminar un rato. Nueve menos cuarto, salía del garaje rumbo a la ciudad, al doblar hacia la avenida, encendió la radio. Miró varias veces a través del espejo, nada de transito, estaba solo. Al cruzar el segundo semáforo, miró nuevamente a través de  espejo, observó  el extraño brillo de sus ojos. Continuaba solo por la avenida.

    Si, brillaban, reconoció el resplandor de otros sábados, de otro tiempo, cuando estaban todos, y el barrio acariciaba sus vidas. Cientos de imágenes por su mente, los encuentros, luego el boliche, en el baldío de la vuelta la pelota y aquí, sobre ese rincón, jugaban al billar. Desde  lejos divisó la intermitencia del letrero. Dejó el coche, guardó el ticket en el bolsillo y caminó. Una,  y otra cuadra. Quietud y silencio. Las luces de las vidrieras, iluminaban estáticamente, sin brillo, lo justo,  como en un cuadro. Miró hacia ambos lados, cruzó la avenida. Dos cuadras más adelante  sintió sed. Con desteñidos colores, el cartel anunciaba  “Ribera Bar”  la luz interior, se dejó presentir a través de las puertas vaivén, que, desganadamente, acariciaba las mesas  sobre la vereda.

    Suavemente empujó la puerta vaivén.  Silencio, todo estaba en su lugar. Sobre la mesa de billar, dos tacos cruzados sobre el verde paño. Caminó hacia la mesa, pasó frente a la rocola. Sobre el cenicero, humeaba la  colilla de un  cigarrillo. Por un segundo creyó que, cada rincón del boliche guardaba todo el pasado. Sonrió.

    Golpeó las manos. Estaba sediento, necesitaba que lo atendieran, silencio total,  unos segundos después, golpeó nuevamente las manos. La rocola comenzó a girar ese tango. Su mente recoció la melodía, inmediatamente comenzó a tararearla. Miró hacia uno y otro lado.  Se acercó al mostrador.

    -El tiempo se llevó todo,
    -Desde aquella noche, junto  al río, nunca más escuché  tu voz.
    Bebió de la larga copa, dio una pitada, el humo empaño su rostro. Y continuó:
    -Nunca más repetí tu nombre.
    -Sabés porqué, porque me quedé en vos y así, día a día herramos juntos  y separados.
    -Tal vez  no estemos, Andrés,  tal vez, este encuentro sea un nuevo adiós.
    Lentamente, se volvió hacia el salón tenuemente iluminado. Estaba ahí,   nuevamente  junto a él, no lo podía creer, la brisa agitaba sus cabellos, lo miraba y sonreía,  alargo su  mano ofreciéndole una copa.
    Él sin dejar de mirarla le dijo:
    -No bebas ¿para qué? si es igual, en cuanto amanezca cada cual a su rutina y este lugar otra vez la nada.  Solo es la magia de esta noche.
    -No bebes,  no traigas el recuerdo  al mañana.
    -Ambos estamos vacíos, ya ves, de tanto en tanto, nos podemos recostar sobre la esquina de la lluvia, como aquella noche, estábamos  fuertemente abrazos  y toda la adolescencia entre las manos.

    La música inundó el boliche, giraban las luces. Ahora cientos de murmullos habían ocupado todos los silencios.
    Las cuatro mesas de billar, estaban  rodeada de muchachos que reían   entre bromas y gritos, reconoció el vozarrón de Jorge y la risa de Alfredo.

    Sobre el otro extremo  del boliche, bailaban  tres parejas, y allá, detrás del mostrador, con sus  habituales gestos, Ricardo y Sebastián.

    Sin decir palabra, como en otro tiempo,  cuando era verano, la  tomó entre sus brazos  y bailaron al son de otra música.
    Por un segundo intentaron pensar que ¡ahora es el amor!
    Ambos, sabían que no.

    Casi en un susurro, le dijo:

    -Vine a buscar aquella cita,  está aquí, en medio de esta noche, llena de vos.
    -Bailemos, ayudame a olvidarnos, abrazame fuerte y  embriaguémonos en la trágica mentira de este amor.

    -No bebas,  dame la copa.
    -No bebas,  esta noche estoy aquí. Este es el lugar, porque, vaya donde vaya, me reencuentro con los fantasmas del adiós.

    -Besame. Besemos el recuerdo de aquella noche, guardada en el azul silencio de nuestra adolescencia, que  ahora se  recuesta, sobre el viejo  portón de los jazmines.

    -Éramos jóvenes, y toda la inexperiencia.
    -Y mirá, este licor y música que  inventamos, para saldar aquel tiempo de un verano.

    - No bebas.

    -Que no se caiga,  que no termine este amor, me dijiste aquella noche, que se durmió  embriagada de ausencias. Y luego, el amanecer, borró la esquina donde nació.

    -Que no se caiga, que no termine este amor… repitió su mente una y otra vez.

    Cruzó la solitaria avenida, los semáforos   guiñaban  olvidos rojos, verdes y amarillos, en cada esquina.

    Si, aquellos días, la muchachada, el baile, la caminata por la escollera y aquel beso. Sí, todos estaban  allá. Venían desde el espejo. Desde el fondo de sus ojos.

    Sonaba la música. Aceleró la velocidad  mientras  repetía en voz alta,

    -Vengo a buscarte, en medio de esta vacía ciudad. En los brazos de esta noche  llena de vos, te busco, te busco en cada calle, en cada esquina, entre esos letreros que titilan y titilan.

    Roque Vega 

    Ilustra el cuento una vista parcial del cuadro “Boliche, copas y quimeras” del pintor argentino Julio César Ovejero, residente en Madrid, España.   

    Argentina al Mundo con un cuento bien porteño, tangos argentinos de fondo, un boliche como hay tantos...

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    Lista de comentarios

    Evelina Ceballos09/08/2013 16:52:26

    Muchas gracias, Eduardo, por esta emocionante nota. Fue imposible para mí retener un lagrimón que saltó de aquel mundo de los recuerdos que no se olvidan, que son de aquella época que también fué la mía y que solamente Roque escribe sobre ella como si estuviese volviendo al hoy.

    Alda Renèe Salzarulo09/08/2013 00:28:29

    Este Roque....Cada vez que lo leo termino llorando. Gracias por este regalo Eduardo.

    Elba Picó14/02/2012 02:40:48

    MUCHAS GRACIAS, ME HA ENCANTADO.

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