• Les hablo de Enrique Cadícamo , poeta del tango argentino

    Como canta Edmundo Rivero... a esos "Amigos que yo quiero". Le hablo de "Exordio", una joya poética de Enrique Cadícamo que quería publicar pero no recordaba el título. El destino suele jugar a mi favor y acaba de llegarme desde esa Pergamino del Vasco Zabalza, Carlos Trotta y otros muchos colegas y amigos de años, enviada por el primero, payador y criollazo, pero también tanguero, que el corazón le alcanza para albergarlo todo.

    Como lo hace con mayor enjundia y aprovechamiento en Buenos Aires Claudio Taggini, que es Taggini per se, además de ser el hijo del autor de Marionetas y decenas de tangos más, desde siempre, aún en Rosario, suelo soltar la monserga en radio, escenarios o escribiendo, que en el tango no hay letristas, hay poetas. Que en Argentina (y creo que en Uruguay, pero no me meto) se debe enseñar el tango en las escuelas primarias y secundarias, hablar de este fenómeno social... cantarlo en clases de música, tocarlo... y a los poetas estudiarlos en literatura como tal.

    Entre ellos los hay muy valiosos, como el mencionado Armando Taggini, más los Le Pera, Cele Flores, Manzi, Expósito, los Contursi, Discépolo, González Castillo y su Cátulo, Eladia Blázquez, Héctor Negro, Horacio Ferrer...muchos más y, por supuesto, Enrique Cadícamo.

    Desde sus "Pompas de Jabón" para acá, durante todo un Siglo XX de grandes guerras y descubrimientos, este bonaerense aporteñado fue destilando tangos, poemas, alguna novela, alguna biografía.  Y hoy llega aquí con un poema justamente de un año importante para mí, 1965 (daba el salto de los micrófonos de clubes rosarinos a LT3 Radio Cerealista). Por entonces Cadícamo establece el puente entre Buenos Aires y París para glosar al Zorzal Criollo en versos limpios, bien trabajados... de un gran poeta. Vamos a ellos y traigamos aquí también un tango suyo, aquel con el que comenzó la cosecha... para los amigos que yo quiero...

    Exordio
    Enrique Cadícamo, Buenos Aires (1965)

    Compadrito porteño
    que veo por las calles de Montmartre
    el quartier sin sueño,
    siempre de traje negro sin chaleco,
    con camisa de seda,
    zapatos de charol con tacos altos
    y prepotente volcador de muñecos.
    Figurita escapada de Barracas
    o de alguna caricatura de tangos,
    que habla un patois francés a toma y daca
    y por decir un franco --dice un mango.
    Esto da clima reo a rue Fontaine...
    En el Moulin de la Galette
    llora el acordeón en el vals Musette
    y hace estremecer de celo y pasión
    al apache corso y a la apachinette.
    Esto le da al quartier
    un Rififi sabor local...
    Del cabaret Garrón
    lo encara y desafía un bandoneón:
    "Manuel Pizarro"
    que en guapo arremango
    se juega entero en un tute cabrero,
    el prestigio del tango.
    Y esto le da al faubourg
    clima y fandango.
    Bianco, Bachicha, Melfi, Pizarro.
    Cuatro hombres que jamás se empañan
    porque hacer bailar a París,
    ya, es una hazaña.
    Ecos dislacerantes de tangos
    rebotan contra el bistró de Le coq-hardi
    donde se emborracha a puro mandarain
    "Eduardo Arolas".
    Ante las cuatro aspas del Moulin Rouge
    se persigna la revista teatral: París qui tourne
    ( une vraie folie con descaro)
    con las piernas famosas de la Mistinguette
    y la cara roja de Spadaro.
    Raúl Santolín y Salvador Pizarro ( hermano de Manuel)
    son los "santo-lines" que en el Florida
    hicieron el milagro del debut de Gardel.

    Rue Clichy 20, Florida Dancing, mil nueve veintiocho...
    Noches de gigolós peinados a la gomina argentina.
    Soirée de lujo
    donde el misterioso embrujo
    es un cantor morocho...
    Noche de gala...
    La élite artística de tout París va a aquel debut:
    Mauricio Chevalier
    Gaby Morlay
    Lucienne Boyer
    Moro Giaffery ( el célebre abogado argelino que defendió a Landrú)
    Josefina Baker
    Fujita ( el pintor japonés,
    con su flequillo, su imperial kimono
    y sus gruesos anteojos de carey)
    George Carpentier ( la gloria del box francés)
    Tito Saubidet ( el pintor argentino,
    el artista estanciero
    que decoró los muros del Florida
    con motivos camperos...
    Una pampa muy verde,
    un ombú solitario,
    un rancho, y a lo lejos,
    la carreta castillo,
    la laguna de espejo.
    En un panneau,
    el casco de una estancia,
    una hacienda, una yerra,
    un asado bien criollo,
    costillares enteros
    en fuertes asadores
    clavados en la tierra...
    Y en otro, dos gauchos a caballo
    corriendo a toda rienda
    haciendo filigranas
    gambetas y boleando
    avestruces pampeanas.
    Y en un ángulo aparte,
    sobre un poste esquinero,
    como un símbolo nuestro,
    el nido de un hornero)

    En la semi-penumbra del proscenio
    aparece Gardel a la conquista
    con su traje de gaucho legendario
    seguido de Barbieri, Aguilar y Ricardo,
    sus nobles guitarristas.
    Y es tanta su radiante simpatía
    que resplandece más el escenario.
    Es Rodolfo Valentino redivivo,
    es la vedette, el macho,
    la aparición de un divo.
    Llega el instante de emoción.
    La sala aplaude. Él, conmovido.
    Y es otro aplauso el estampido
    del detonante Moet- Chandon.
    Va a enfrentar a París...
    Tiembla su corazón...
    Siente algo que se parece al miedo
    de hallarse lejos de su país.
    Cierra los ojos
    y se deja flotar como en un sueño
    pensando unos segundos
    que París es un mundo
    sordo y vasto...
    Y en su confianza loca,
    su voz,
    del corazón salta a la boca
    y comienza a cantar
    como lo hacía ayer en el Abasto...
    Y cantar un tango cuya letra argentina
    los franceses no entienden,
    pero es su voz que nunca desafina,
    es su honda ternura
    y la arrogante y varonil figura
    de aedo extranjero,
    la que enciende en las damas,
    la galante aventura
    y en los hombres, el aplauso sincero.

    En una mesa de preferencia
    acompañada de su bailarín
    fuma su Chesterfield en larga boquilla,
    platino y brillante en su gargantilla,
    costosos pendientes de varios quilates
    y en el dedo meñique luce un "chevalier".
    Más que una habitué, por su deslumbrante
    fortuna de joyas parece un anuncio
    de Jacques Lacloche o Cartier...
    Muerde displicente la almendra salada
    bebe a lentos sorbos rosado Cliquot
    y de tanto en tanto
    echa una mirada a Carlos Gardel.
    Esta flor de otoño ya quincuagenaria
    es la conocida multimillonaria
    Madama Ligget.
    Dos tangos son muy pocos.
    Otros dos y otros tantos más también.
    Los aplausos consagraban esa noche
    a "le chanteur sud-américain..."

    Ese fue su debut y desde entonces
    siempre ¡arriba Carlitos!
    Ya en el Empire, o en Cannes,
    en el Casino Mediterranée,
    alternando y hablando de potencia a potencia
    en correcto francés,
    de turf, con el Aga Kan,
    con el Príncipe de Gales, de "steeple-chase",
    con Madama Rasimi y Monsieur Volterra,
    de llevar el tango a las revistas teatrales de París.

    Y con su amigo predilecto, Samitier,
    habla de goles hasta el amanecer...
    Anterior a Luces de Buenos Aires
    Gardel soñaba ser actor de cine.
    Admiraba a Carlitos -a Carlitos Chaplin-
    su glorioso tocayo que gustaba del tango.
    Y se hicieron amigos
    durante un souper en Chez Maxim.
    Mientras que en Monte Carlo
    se daba su baraja...
    Constelada de alhajas
    suspiraba por él Madama Ligget...

    Gardel había nacido
    con un instrumento musical en la garganta
    y aparte de su voz extraordinaria
    Carlos tenía el ángel en el rostro,
    eso que hace triunfar a los artistas
    transformándolos luego en luminarias.
    Con eso, nada más, aun sin saber cantar
    podía haber triunfado.
    Sonriendo solamente,
    mostrando el estupendo encanto de sus dientes.
    Era un predestinado...

    Y cuando alguien por quemarle incienso
    le decía al Morocho ingenuamente:
    "El Tango a vos te debe mucho, Carlos..."
    --Gardel le respondía humildemente--
    "Yo soy el que le debe mucho al Tango..."

    Hubo tan sólo uno que se llamó Gardel
    y seguirá viviendo mientras haya una esquina
    Corrientes y Esmeralda, porteña como él.
    o mientras en Palermo haya un final reñido,
    o del surco de un disco llegue un tango sentido
    y su voz tan lejana nos erice la piel.


    Una versión de "Pompas de jabón" por Daniel Castelli, Doctorado en Tango, que además comenta los versos que va a cantar, en un vídeo del Canal Aldiser producido en Diciembre 2015 en Cangas, provincia de Pontevedra,  Galicia, España


    Pompas de jabón
    Tango (1925)
    Letra: Enrique Cadícamo
    Música: Roberto Emilio Goyheneche 

     
    Pebeta de mi barrio, papa, papusa,
    que andás paseando en auto con un bacán,
    que te has cortado el pelo como se usa,
    y que te lo has teñido color champán.
    Que en lo peringundines de frac y fuelle
    bailás luciendo cortes de cotillón
    y que a las milongueras, por darles dique,
    al irte con tu "camba", batís "allón".

    Hoy tus pocas primaveras
    te hacen soñar en la vida
    y en la ronda pervertida
    del nocturno jarandón,
    pensá en aristocracias
    y derrochás tus abriles...
    ¡Pobre mina, que entre giles,
    te sentís Mimí Pinsón...!

    Pensá, pobre pebeta, papa, papusa,
    que tu belleza un día se esfumará,
    y que como todas las flores que se marchitan
    tus locas ilusiones se morirán.
    El "mishé" que te mima con sus morlacos
    el día menos pensado se aburrirá
    y entonces como tantas flores de fango,
    irás por esas calles a mendigar...

    Triunfás porque sos apenas
    embrión de carne cansada
    y porque tu carcajada
    es dulce modulación.
    Cuando implacables, los años,
    te inyecten sus amarguras...
    ya verás que tus locuras
    fueron pompas de jabón.

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    Eduardo Aldiser
    Argentina Tango - Radio Aldiser - Argentina Mundo - Argentina Folklore - Canal Aldiser

     

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    Lista de comentarios

    Adolfo Zabalza13/06/2011 21:38:01

    Amigo Eduardo, simplemente gracias por haber incluido en tu pagina esta nota con fuerte tinte tanguero,recordando a Don Enrique Cadicamo- Un abrazo y hasta cada momento.- Adolfo "vasco" Zabalza

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