• Barrio Pichincha de Rosario - Argentina Tango / España

    José Alberto “Buqui” Vatalaro es un escritor rosarino, un argentino al fin, que tiene el cuore como el vals de Canaro… corazón de oro. Una mañana de octubre de 2010 me hizo estremecer con una noticia, y al año dijo estas palabras in memorian de Alberto Bono.  Habla del bandoneón y el pincel del Flaco Bono. Vatalarol mismo traza haciendo como pincel con sus palabras, y es capaz de llevarnos a lugares de la ciudad de Rosario que fue… Nos ha mandado este  aguafuerte rosarino para demostrarlo.
     
    "Pichincha"
     
    Barrio caliente, prostibulario y canalla…
     
    Rosario, ciudad gringa, “hija de su propio esfuerzo”, fue creciendo a la vera del río. La expansión demográfica dio lugar a un desarrollo comercial del cual la prostitución no quedó excluida. A tal punto, que se tuvo la necesidad de dictar una ordenanza, allá por 1874, reglamentando las actividades de las llamadas “casas de tolerancia” instaladas, por entonces, en la zona céntrica de la ciudad.
     
    Encolerizados vecinos del centro alzaron sus voces de protesta en contra de tan “vil actividad” llevada a cabo por rufianes y prostitutas. Las “madamas o regentas de quilombo” eran las encargadas de cobrar a los clientes a cambio de un efímero y antiguo placer. Entre ellas: Amelia, la paraguaya; la China Renga; Ana, la catalana; la Vieja María; Rosita, la correntina.  Señoras casi anónimas pero que fueron antecesoras, nada menos, de la célebre “Madame Safo” en el corazón de la espléndida Pichincha. En la calle Ricchieri, no hace mucho tiempo, algunos clientes solían preguntar por la popular “Gorda Doscientos” para cerrar algún trato.
     
    A comienzos del Siglo XX se hicieron varios intentos de reglamentar las actividades prostibularias, no tanto por el hacinamiento y la promiscuidad que ellas ocasionaban en la zona, sino y fundamentalmente, por las primeras apariciones de los “tratantes de blancas”. Alrededor del diez por ciento de la población de la ciudad vivía en conventillos a fines del 900, casi once mil personas en condiciones de favorecer la prostitución.
     
    María pide, cuadro del pintor y bandoneonista argentino Alberto Bono, de la serie "María de Buenos Aires"Piezas del tamaño de un calabozo con su cama, la palangana enlozada para el aseo previo y post amatorio y una o dos apestosas letrinas a compartir conformaban la deprimente escenografía de esos “templos del placer”.
     
    Pero, en los albores del Siglo XX, se progresó con la aparición de edificios más refinados y hasta lujosos en su construcción. También, en la calidad de las mujeres ofrecidas a trabajar en ellos. Por aquellos tiempos, a la vez que decaía el interés por la tauromaquia que se practicaba en la Plaza de Toros en la actual esquina de Córdoba y Dorrego, surgían obras importantes como el Jardín Zoológico y el Hipódromo del Jockey Club.
     
    Por fin, en 1903, se modifica la Ordenanza Nº 27 que estableció la obligatoriedad de una zona precisa para llevar adelante el lucrativo funcionamiento de los “quilombos”. Los prostíbulos comienzan a ser de 1º y de 2º categoría, catalogados también por su ubicación. Los propietarios de burdeles se vieron favorecidos en 1906, con el dictado de una nueva norma que establecía la muerte de los “cafés con camareras” que, en realidad, constituían una competencia peligrosa para los intereses de los quilombos, que se trataba de proteger sin mayores disimulos.
     
    Los sectores o zonas de prostíbulos fueron conformando un área que se extendió en la ciudad, con algunas limitaciones; no obstante, era como un preanuncio de la pronta aparición de una zona determinada, en realidad un barrio entero dedicado a la “mala vida”: Pichincha... la querida y nunca olvidada “comarca canalla”.
    José Alberto Buqui Vatalaro, escritor rosarino
     
     
     
     
    Buqui Vatalaro
    (Del libro: “Rosarino, tanguero y canalla”)
    Argentina Mundo recorriendo las calles del tango en la ciudad de Rosario
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