• Argentina Tango - Astor Piazzolla visto por María Susana Azzi y Simon Collier

    Nuestra paisana, la antropóloga argentina… y muchas cosas más, María Susana Azzi, conectó años atrás, tango mediante, con el historiador inglés Simon Collier. De ese encuentro de talentosos surgió el libro “Astor Piazzolla. Su vida y su música. Con prólogo de Yo-Yo Ma”, del que hay dos ediciones en Buenos Aires, Argentina, a cargo de Editorial El Ateneo, en 2002 y 2012. María Susana nos aporta un momento de este libro, considerado por muchos como la mejor referencia al hablar del marplatense criado en Nueva York, donde tomó contacto con el bandoneón y actuó en una película de Carlos Gardel.

    Astor Piazzolla


    El Nuevo Tango

     

    Fuera del tango, las dos grandes tradiciones musicales en las que se nutrió Piazzolla para la creación de su mundo sonoro como compositor fueron la música clásica contemporánea y el jazz. Llegó a tener un conocimiento formidable del repertorio clásico; Sabía 3.000 tangos de memoria. Su capital de trabajo estaba en su cabeza.... Escribió 3.500 obras, registradas en Francia. La SACEM lo considera uno de los compositores más prolíficos, en el mismo panteón junto a Mozart. Fue un trabajador incansable: compositor, arreglador, director, bandoneonista.

    Facsimil de nota publicada en Argentina, en 2012, al cumplirse 20 años del fallecimiento de Astor Piazzolla. escrito por María Susana AzziEn los años cuarenta y cincuenta estudió con detenimiento partituras clásicas como Las cuatro estaciones de Vivaldi, El amor por tres naranjas de Prokofiev, Primavera en los Apalaches de Copland y Scheherazade, de Rimsky-Korsakoff. En ese período le interesaba mucho Debussy. En 1964 señaló que sus compositores favoritos eran Bach, Brahms, Ravel, Stravinsky y Alban Berg,13 y añadía a su panteón de grandes figuras a Paul Hindemith. Bartók fue siempre uno de sus favoritos, en especial el Bartók de Mikrokosmos.14 También le atraían los músicos occidentales “nacionalistas”, como Copland, Gershwin y Villa-Lobos. No mostró mucho entusiasmo por la música dodecafónica o los compositores experimentales posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

    Respetaba a figuras como Pierre Boulez, Stockhausen, Luigi Nono o Iannis Xenakis, pero no lo inspiraban. En la década del cincuenta figuras como Stan Getz, Chet Baker, Gil Evans, Gerry Mulligan, Lennie Tristano y George Shearing, y grupos como el Modern Jazz Quartet, dejaron su huella en él y en su obra, en especial la obra para el Octeto —que fue tal vez de todos sus conjuntos el más influido por el jazz—. Más adelante, en los festivales de jazz de Europa, América del Norte y Japón se codeaba con la mayoría de los jazzmen de la época y era considerado por éstos miembro honorario de la tribu. Sin embargo, el jazz, como la música clásica, tenían sus límites.

    Ejemplares del libro sobre Astor Piazzolla escrito por María Susana Azzi y Simon Collier, en una librería de Buenos Aires, ArgentinaEn agosto de 1966 fue a escuchar el cuarteto de “free jazz” de Steve Lacy (que tocaba en Buenos Aires) y abandonó el concierto “desorientado”, regresó a su casa para poner a Monteverdi y Vivaldi. “Necesité volver a lo puro y cristalino”, manifestó. Una magnífica ilustración en palabras proviene de una persona del público que escuchó uno de los conciertos de Piazzolla en Viena casi veinte años más tarde. Era la imagen de Piazzolla en el escenario que tantos vieron en acción: “Se ha vuelto uno con su instrumento... Y sigue aferrado a él por los dos lados, como si tomara a un toro por los cuernos, se mete profundamente en la música, sacude uno y otro lado del bandoneón pese a sus protestas, lo desenvuelve abruptamente, lo empuja, lo presiona y lo oprime, se aferra a las teclas como un automovilista que toma una curva muy cerrada, deja que algunas notas resbalen por la canilla de su pierna —mientras da vuelta diestramente la página con la mano izquierda—, enseguida las recoge por abajo y las lleva consigo hasta arriba. Larga su aliento, suspira, susurra, llora y piensa junto con el bandoneón, descansa en sus melodías, se entrega a soñar con él, hace temblar el fueye marcando el compás sobre la madera negra, y de repente lo mira sorprendido desde arriba como si estuviera conteniendo entre sus manos un grito, una forma vital rugiente e irrefrenable...

    Baila con el instrumento, de pie y quieto se monta sobre él, y finalmente salta hacia el aire como un potrillo contento porque lo han dejado suelto en primavera. Triunfante, abre entero el bandoneón un metro por encima de su cabeza como si fuera un mago espectacular presentando su último truco, como un Laocoonte victorioso arrancándole otra derrota al dragón... Piazzolla no tiene en realidad ninguna alternativa. Piazzolla no tiene opción: su destino, lisa y llanamente, es tocar”.

    El sonido Piazzolla

    María Susana Azzi, antropóloga argentina con varios libros en los que el tango es el protagonista o el elemento analizado dentro de sus estudios de la inmigración en ArgentinaLalo Schrifin, amigo de Piazzolla de toda la vida, lo considera “un músico universal, que necesitaba concentrarse en el lenguaje de Buenos Aires. Cuanto más local era, más universal se hacía... Era un compositor completo. No solamente el contenido era importante en él, [sino] la estructura y forma”. Piazzolla creó un sentido propio del swing, “un swing de cuatro compases basado en la unidad rítmica establecida en el bajo del piano por la mano izquierda”, como lo describe Pablo Aslan, y que era contrarrestado mediante diversas figuras rítmicas fuera de tiempo, muchas de las cuales fueron creación de él.

    Es tan fuerte la impronta de Piazzolla en su música que se la reconoce al instante. Su estilo gravitó en una multitud de admiradores e imitadores. Sus características más sobresalientes son la forma en que fusionó procedimientos tomados de la música clásica (en especial de sus héroes, Stravinsky y Bartók) y del jazz norteamericano, en la música de tango que escribía y tocaba. A partir de estas influencias primordiales, y de la formación que recibió de Ginastera y Boulanger, destiló algo completamente único y diferente.

    “No era sólo un compositor sino un ejecutante”, dice Yo-Yo Ma, “de manera que uno percibía esos dos aspectos suyos, lo cual es algo bastante maravilloso en el mundo actual”. El compositor y pianista Gerardo Gandini afirma: “Nadie ha tocado el bandoneón como Piazzolla, en la cuestión de la acentuación y del fraseo, pero sobre todo con un sonido percusivo que es muy extraño en el instrumento, y totalmente natural en él”. El percusionista León Jacobson describe con más detalle de qué manera la habilidad de Piazzolla como ejecutante contribuía a su sonido, y destaca sobre todo su gran precisión como instrumentista: “Astor tenía touch, tenía dicción con su instrumento, tenía staccato, tenía fuerza en cada nota que tocaba. A pesar de ser zurdo, su dominio era completo con las dos manos. Astor tenía mucha fuerza, sobre todo en la izquierda. Él tocaba todo bien acentuado, bien sincopado... como podía tocar un buen percusionista. Él tenía una forma percutiva de tocar, y no solamente cuando tocaba cosas rítmicas; toda nota era empujada... como golpeada, percusiva, aun en las cosas más lentas, cadenciosas”.

    Simon Collier, historiador británico que vivía en Estados Unidos y ha firmado varios libros relacionados con el tango. Más directamente lograba ciertos efectos percusivos gracias a los anillos que usaba en los dedos. Varios bandoneonistas anteriores a él, como Eduardo Arolas, Ciriaco Ortiz, Pedro Laurenz y Pedro Maffia, habían desarrollado considerablemente la técnica del instrumento, dejando atrás su manejo primitivo en los comienzos del tango, cuando la mano izquierda se limitaba a marcar el ritmo mediante la repetición de acordes fijos. Apoyándose en este legado, Piazzolla sacó a relucir todas las posibilidades del bandoneón como instrumento eminentemente polifónico agregándole sus propias y ricas armonías —a menudo tomadas del jazz, y gran parte de esa riqueza obedecía a su dominio de la mano izquierda— así como un fraseo absolutamente suyo. Tenía lo que sus adeptos llamaban “polenta tanguera”.

    Piazzolla creció junto con la ciudad en un momento en que ésta estaba creciendo y cambiando mucho. Para el compositor Francisco Kröpfl, su música es “el ‘logotipo’ de Buenos Aires en el sentido [en] que la de Gershwin es [el] de New York”. Escuchar una partitura de Piazzolla a través de su bandoneón es tener una postal musical de Buenos Aires que pinta el paisaje sonoro de la ciudad de día y de noche. El sonido del bandoneón es singular e indispensable; es el sonido de la Argentina, el sonido Piazzolla. La pianista Mónica Cosachov señala que la música de Piazzolla es “muy pasional, muy cambiante, con muchas partes muy sentimentales... [y] de repente toda la fuerza rítmica, todo el apabullamiento, todas las ráfagas del temperamento puestas, y de repente la melodía que a uno le conmovía el alma, que lo llevaba a otro lugar, a ciertos grises de Buenos Aires, al río. En su música todo se mezclaba”.

    Según Alchourron, el sonido Piazzolla abarca "toda la gama del pathos, muy alegre, histriónico, sarcástico... dramático, sentimental, romántico, muy romántico”. El gran bailarín de ballet Maximiliano Guerra afirma: “La música de Piazzolla tiene las dos cosas: por un lado todo lo celestial y todo lo angelical, y por otro lado también tiene todo lo sensual, lo terrenal. El cable a tierra... El cuchillo, la pelea, la pasión, el sexo. Tiene todo... Es una magia”.

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